Colombia: ejemplo de ciudadanía.
Y murió... y murió... y murió. Murió Colombia durante centenares de años. Y la estamos terminando de asesinar...
La historia de Colombia ha sido muerte como la de toda Latinoamérica lo fue. Pero aquí, hace muchos años, nunca ha sido como en Latinoamérica porque Latinoamérica nunca fue tan obediente y no se entregó a lo que los mandatarios decidieran, nunca fue – y todavía no es - esclava de la norma. Latinoamérica entendió que la guerra no tenía sentido y Argentina también lo sabía hace treinta años, pero fue ingenua frente al poder político. Y de Chile, ni hablar.
Colombia no ha sido, ni mucho menos, patria alguna, al menos para quienes hemos vivido acá después de 1973 – año en el que nací- o desde antes. Colombia no ha sido un dechado de virtudes políticas, ni sociales, ni ciudadanas...
Dejamos pasar la mano negra estatal de los sesentas y los setenta, el tráfico de drogas – y sus homicidios, magnicidios y genocidios – de los ochenta y los noventa, dejamos pasar la autodefensas narcotraficantes – también homicidas, magnicidas y genocidas – de los ochenta, noventa y lo que corre del siglo veintiuno, y dejamos pasar las diferentes guerrillas que a lo largo de los últimos cincuenta años también han construido la guerra. Y nunca, nunca dijimos nada.
Ahora, hoy no más, algunos creen que el problema es uno solo. Hoy aparece, casi de la nada, una Colombia comprometida, patriota y altruista como ingenua, juvenil – a lo años sesenta, casi pueril -, que sabe que el problema surgió hace tiempo, pero no tiene ni idea de cómo, ni por qué... Simplemente creen – por lo que han oído en colombianísimos discursos - que antes a la ciudadanía no le importaba, que nunca Colombia se cansó, que los colombiano de antes nos moríamos del pánico.
Pero lo que no saben y nunca les explicaron es que nuestros padres, abuelos y bisabuelos, alcahuetearon, promovieron, apoyaron y disfrutaron de las asesinas huestes bipartidistas – unos con trapo rojo y otros con trapo azul – y las apoyaron, machete y puñal en mano, hasta la saciedad. Se olvidaron de que todos comimos y acolitamos el tráfico de drogas porque era rentable y nos daba gusto – nos daba los paseos y las fiestas: ¡aquellos quinces que vivimos!. Nunca les contaron. No les advirtieron que el honorable amigo de la familia fue compinche y que hoy como sus padres, abuelos y bisabuelos, fue gobernante.
Ellos están cansados, pero yo no sé de qué. Se cansaron de ir a los Andes, Eafit y a la Santiago de Cali – o la UPB, si quieren que me unte -, se cansaron de ir a la U y por eso se unieron a la U y dentro de poco serán Concejales, Representantes o, quizá, Honorables Senadores de la República. Seguro que en pocos años - si no meses, por alguna suplencia - en los cabildos municipales o en el parlamento veremos a los Vengoechea, las Lucena, los Amaya, las Junguito, los Cupp, las Agamez, los Onzaga o las Parra, de eso estoy casi seguro. Porque así funciona, porque para todos la vida hoy en Colombia es incómoda y/o simplemente porque en este país en más importante ir Coveñas, al Rodadero o a Melgar en la Ford Explorer que tener la nevera llena o que lograr que un médico en alguna institución de salud brinde la atención que un ser humano se merece.
Estamos matando a Colombia porque así son las revoluciones. Lástima que nos haya dado por una revolución de esas sin fondo, una revolución patriosista, de esas que matan, de esas que destruyen. Pero no importa. Que viva la Colombia de Bolívar, San Martín, Juárez y Martí, todos juntos.

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